Enjambre a la huida en la reciente producción de Annelisse Molini

Annelisse Molini, Desalojo I (detalle), 2019.

Uno de los temas recurrentes en la producción artística de Annelisse Molini es el recorrido. Así se ha ido manifestando, a lo largo del tiempo, desde sus exhibiciones en distintas galerías en San Juan y, en particular, desde su instalación Cautivo: Des(a)tinos, en el Museo de Arte de Caguas, en 2010. Diez años después de aquel punto en su camino artístico, cuando nos enfrentamos cara a cara con las obras más recientes de su producción, es inevitable reconocer de inmediato el lenguaje y las marcas de identidad visual que son características del universo de esta creadora. Este reconocimiento, no obstante, se logra simultáneamente junto a la emoción de admirar una obra de mayor madurez, destilada con los años y, sobre todo, con las vivencias que, tanto ella como muchos de nosotros, hemos experimentado en este decenio de terrenos llanos y de tormentosos obstáculos.

Escalera de escape, la exhibición que la obra de Annelisse Molini ha protagonizado desde el pasado mes de noviembre en el Museo de Las Américas en San Juan, es una muestra evidente de que esta creadora es fiel a las inquietudes vitales, a las pulsiones visuales y a las formas que han dibujado una particular identidad en toda su producción. Tanto la escalera como el escape tuvieron ya una rotunda presencia en algunos de sus primeros proyectos, como sucedió en Cautivo: Des(a)tinos y también en Los viajeros, así como en las innumerables piezas que han ido componiendo sus exposiciones colectivas. El leitmotiv de su producción es el mencionado recorrido, el trayecto, el desplazamiento constante. En principio, esta idea del trayecto es una metáfora de la vida misma. De hecho, la vida, simbolizada como un viaje constante, es una fórmula ancestral en la historia del pensamiento occidental. Filósofos como Séneca, en sus Cartas a Lucilio, escritas hace más de 2000 años, establecían ya las similitudes de la vida con un encuentro con uno mismo como individuo, aunque también la comparaban con una huida, ya fuera del pasado, o igualmente, de lo que cada uno es.

Annelisse Molini, La espera, 2019

No hallamos grandes diferencias entre el viaje de aquellas primeras series y el que toma protagonismo en la actual producción de Annelisse Molini. Cierto es que nos separa más de una década de desastres naturales, crisis económicas, políticas, sociales e incluso humanitarias, pero el concepto del desplazamiento en sus obras mantiene una constancia de la que no se ha desviado en esta exposición. En estas obras actuales, más que un viaje, se trata de una huida, como el propio título de la exhibición indica, que asfixia y ahoga al individuo. Pero ahora, el escape se ha agrandando y se ha transformado en migración masiva. No se trata de la formulación de un deseo individual de fuga, sino de la realidad de un éxodo colectivo.

Annelisse Molini, Desalojo II, 2019.

El caos y el desorden son otros de los dos pilares de la obra de Molini, que recuperan ahora su protagonismo en Escalera de Escape. Era común apreciar en sus acrílicos de los pasados diez años su fascinación por los trazados urbanos diseñados sin premeditación ni concierto. Su formación académica en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico ha dejado un reconocible poso tanto en su producción como en su proceso creativo. Por un lado, plasma su evidencia en el uso de la línea, que, como bien ha señalado recientemente Adlín Ríos, es protagonista en los dibujos de la artista. “Molini juega con ella de manera dinámica, conjugando lo fino con lo grueso, lo recto con lo curvo, lo claro con lo oscuro”, ha puntualizado ante su exhibición la historiadora del arte. En otro plano distinto, como advierte Quintín Rivera Toro acerca de su reciente obra, las desigualdades por género en la relevancia de la población estudiantil y docente en aquel contexto universitario, más de dos décadas atrás, han dejado también un palpable sedimento psicológico en el universo creativo de esta artista plástica. Entre otras referencias, como también adivina Rivera, Molini lleva instalados en su memoria visual desde los diseños de la Bauhaus hasta las grafías de Jean-Michel Basquiat, tan aparentemente espontáneas como cargadas de profundos significados. Las imágenes del Surrealismo y los procesos del collage, por otro lado, son también influencias notables en la densa iconografía de sus obras.

De aquellos amasijos arquitectónicos de sus iniciales pinturas queda ahora un fiel reflejo en el entramado de las calles, en las que se acumulan las escaleras de las que tanto se ansía escapar. Son las mismas vías que, en la actualidad, van marcando nuestra ruta diaria en un asfalto sembrado de trampas, sin luces de tránsito que marquen un flujo ordenado de vehículos, sin filas que dibujen los turnos concertados de entrada o de salida a otros carriles respectivos. Este es otro de los caos de los que ahora también desearía huir Annelisse Molini a través de su obra.

Annelisse Molini, Dilema, 2019.

Los automóviles, las carreteras maltrechas, los aviones o las maletas siguen colándose en nuestra mirada cuando paseamos por su exhibición. El azul del mar que nos rodea y del cielo que nos protege, pero que también nos amenaza y nos hunde, da color, junto al rojo, al dominio del blanco y el negro en la muestra. Azul es el espacio por el que viajamos, o escapamos, desde la isla al continente; es la promesa de escape pero también el color que anuncia la amenaza de la destrucción. En esta serie, los ojos de varios huracanes, convertidos en espirales monstruosas y ciclópeas, vienen a anunciar la catástrofe y a sembrar el espacio de caos y de terror. Las observaciones sobre la presencia cromática en la obra de Molini ha despertado también la atención de Adlín Ríos, quien advierte cómo algunas pinturas de Molini se convierten en bellas abstracciones que, lejos de ser líricas, son fuertes y de complicadas composiciones, con formas que conjugan lo orgánico con lo geométrico y en las que el rojo, el blanco y el azul no pueden escapar tampoco de nuestra inevitable asociación con una dolorosa, pero tímidamente optimista, referencia nacional.

Annelisse Molini, You Are Here, 2019.

Si estudiamos con detenimiento la composición de las piezas, y la confusión que impera en la construcción de muchas de ellas, descubrimos también las ventanas apuntaladas con restos irregulares de madera que nos acechan por doquier en la actualidad de la isla. Descubrimos las cortinas arrancadas y las puertas tapiadas que impiden el paso a las propiedades abandonadas. Pueden ser las de las casas clausuradas en medio de la rápida huida, o las de los negocios quebrados que agravan más aún la quiebra del país entero. En cualquiera de esos casos, la artista, con una lucidez brillante, ha convertido el marco y las hojas de madera de las ventanas del espacio museístico en un marco simbólico de la propia obra, evidenciando que, sea cual sea el contexto en que la interpretemos, el engranaje entre artes plásticas y arquitectura funciona perfectamente en el espacio mental de Annelisse Molini.

Sin embargo, si tuviera que destacar, en mi particular selección, el ícono principal que sobrevive desde sus primeras obras (como Cautivo y Los viajeros, ganadora de una Beca Lexus en el año 2010), y que domina también la presente muestra, este sería el de las kilométricas filas formadas por decenas, centenares de individuos. A veces dentro de sus automóviles, otras en las puertas de embarque de los aeropuertos, otras esperando para llenar el candungo de gasolina o por el galón plástico de agua potable, las filas interminables son también el caldo de cultivo en el que se gesta el deseo del escape, tanto el de ellos como el de todos nosotros.

Al comienzo de la exhibición, las filas que se prolongan a lo largo de una pared colmada de dibujos no solo están formadas por la gente de la calle, por los individuos que día a día se buscan, o se juegan, la vida para llevar al pan, el agua o la gasolina a cada una de sus casas. Esas líneas de espera también son las de la parada de un carnaval patético –heredero honroso de las goyescas Pinturas negras– formadas por personajes de baja calaña, que abusan del poder que se les ha conferido y que se esconden detrás de una máscara de falso altruismo y entrega a la comunidad. Aparecen acompañados también de diversos atributos: los rollos de papel de cocina lanzados al aire, los conos anaranjados que impiden el avance o lo restringen, la máscara que ya no es necesario que usen porque se les vitorea y se les apoya, aún con la evidencia de su mentira frente a la audiencia. Entre aquellos personajes, desfilan en la caravana también otros de corte más amable, que dibujan un panorama más pintoresco de nuestra realidad isleña y que logran arrancarnos una sonrisa de complicidad mientras brincamos de la simpatía hasta el suspiro resignado.

Annelisse Molini, La caravana (serie, núm.10), 2019.
Annelisse Molini, La caravana (serie, num.4), 2019.

 

En cualquiera de los casos, el desconcierto y el desorden en las obras de Escalera de Escape, como nos quiere narrar Annelisse Molini a través del arte, no solo es el que provoca el poder destructor de la naturaleza, sino también el que venimos practicando, desde tiempos ancestrales y en nuestro día a día, nosotros contra nosotros mismos. La historia siempre se repite, y en sus cíclicas recreaciones, demuestra a quienes la viven que siempre conserva un núcleo de su esencia, aunque se presente bajo una nueva vestimenta. Por esa razón, la presencia de la escalera podría aparecer, en un principio, como un elemento insólito en el universo iconográfico de Annelisse Molini. Sin embargo, quienes conocen la trayectoria de la artista, reconocen que es una vuelta de tuerca a una de las inquietudes constantes que se ha manifestado a lo largo de su carrera: la marcha, en su mayor parte voluntaria, y el escape, casi siempre como una necesidad en la búsqueda de un orden, en medio de la asfixia del caos imperante.

Mi agradecimiento a Adlín Ríos y a Quintín Rivera Toro por su generosidad al compartir sus impresiones.

La exhibición Escalera de escape, de Annelisse Molini Vizcarrondo, estuvo abierta desde noviembre de 2019 a febrero de 2020 en el Museo de Las Américas en San Juan.

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