Retrato de una isla que no existe

Tari Beroszi, Spanish Only, 2019.

“Pues la Fotografía es el advenimiento de yo mismo como otro: una disociación ladina de la conciencia de identidad.”

Roland Barthes, La cámara lúcida, 1980.

 

La fotografía, el paisaje y la política son tres elementos tan cotidianos en Puerto Rico que pasan por desapercibidos ante el constante bombardeo mediático. Por otro lado, la abstracción, la historia y las implicaciones de nuestro estatus territorial son temas ignorados por la mayoría de los puertorriqueños. En medio de los procesos sociales históricos que atraviesa la menor de las Antillas Mayores, Tari Beroszi enfoca su lente para analizar su propio pueblo desde la distancia. Así crea un retrato de la realidad que vive su isla: un país constituido por su gente con independencia de sus instituciones políticas.  

Ya desde finales del siglo XIX, cuando la fotografía ganó en accesibilidad y reproductibilidad, esta se convirtió en un medio a través del cual anunciamos una experiencia específica o nuestra presencia en un lugar particular. Un “selfie” frente a la Torre Eiffel, la Muralla China o la ciudadela de Machu Picchu, es una “prueba” de que estuvimos allí. Además, con la popularidad de las redes sociales y los “live videos”, este es un ejercicio que puede realizarse en tiempo real. Así que, para muchos, una imagen es muestra suficiente de que existimos en un tiempo y espacio particulares. Sin embargo, los expertos en el medio fotográfico saben que las imágenes son fácilmente manipulables. Por esta razón, en su reciente exhibición en la Sala FAR, La Isla Invisible, Beroszi se vale de más de un lenguaje para probar la existencia, tanto física como política, de Puerto Rico, aunque esa última parte resulte algo compleja.

Así como el historiador Fernando Picó comienza su libro Historia General de Puerto Rico (1986) explicando la formación geológica del archipiélago que conforma Puerto Rico, lo primero que reconoce el ojo en las obras de Beroszi, aunque en segundo plano, es la apariencia física de la isla. Sin embargo, un velo de colores cálidos dificulta constantemente la apreciación de los paisajes, aunque sin impedir que se entiendan las imágenes por completo. En una especie de abstracción simbolista, Beroszi materializa en el plano físico algunos asuntos abstractos que se discuten principalmente en el reino de la palabra. De este modo la artista nos hace gravitar hacia cuestionamientos como ¿qué conforma un país? y ¿una nación solamente es real en virtud del reconocimiento de terceros?

Tari Beroszi, El sueño de la patria, 2019.

De lo que no cabe duda es de que, al acercarnos a las imágenes, descubrimos que hay playa, montaña, cielo, pero las composiciones –que no han sido realizadas digitalmente– son ambiguas, de algún modo misteriosas. Aunque un horizonte marino se muestre calmo al fondo de la foto, lo que aparece en el primer plano parece condensar una gran carga semántica: chispas, fuego, dinamismo, acción. A base de puro color, logrado mediante el accidente controlado, la artista alude a la incendiaria situación actual de Puerto Rico, en la que el pueblo toma las calles a la menor inconformidad con el desempeño del Estado. Y es que el Huracán María, que abatió la isla en 2017, reveló una realidad mucho más precaria de la que los puertorriqueños creíamos que existía en nuestro país. A esta situación se sumó una asfixiante burocracia, aparentes acciones político-partidistas, y múltiples y crasos errores en la respuesta a una emergencia nacional, algo que acabamos de revivir al activarse la falla sísmica de Punta Montalva, al sur de la isla, que ha destruido más de setecientos edificios. Este es el contexto en el que abre la exposición de Beroszi, mientras aún cientos de personas se encuentran durmiendo en campamentos, algunos de los cuales se colocaron en zonas inundables, lo cual provocó que muchos perdieran sus pocas pertenecías por las lluvias recientes. Aunque es posible proponer otras lecturas a la relación entre estos elementos abstractos y los paisajes que la artista ha seleccionado, en una mirada conjunta con los otros elementos incluidos en las piezas y con el texto de pared (de donde hemos tomado el título de esta reseña), la muestra parece sumarse a ese espíritu de protesta y reacción ciudadana.

A los paisajes intervenidos, Beroszi le añade, en la parte superior, las coordenadas geográficas que permiten localizar a Puerto Rico en el globo, apelando así a la ciencia como segunda evidencia de nuestra existencia física. Pero el elemento menos visible que incluyen las piezas es quizás el de mayor peso y se trata de referencias directas a la historia de Puerto Rico.  En la parte inferior de las fotografías, impresos en blanco sobre blanco, a duras penas se pueden leer fechas, leyes y otras datos que impactaron grandemente nuestra idiosincracia. Una de las obras se titula PROMESA, la parte inferior lleva la información a la “Puerto Rico Oversight, Management, and Economic Stability Act”, la ley del Congreso estadounidense que impuso una Junta de Control Fiscal con poderes que superan jerárquicamente a los del Gobierno de Puerto Rico. Otro se titula La Mordaza, y al pie de la foto lleva inscrita  la ley 53 de 1948, mediante la cual se encarceló a cientos de independentistas en la década de 1950 por “crímenes” como cantar el himno original de Puerto Rico. Así, sucesivamente, cada foto lleva un pedazo de información que pueden reconocer aquellos que conocen la historia boricua. Pero Beroszi no se limita a la historia lejana, sino que incluye una pieza titulada 4645, que es el número aproximado de personas que fallecieron como consecuencia del Huracán María. Al estar impresas en blanco sobre blanco, estas letras son casi imposibles de ver en una pantalla de computadora u otro medio digital; así como Berozi proclama ser “testigo de la isla que no existe” sus obras hay que atestiguarlas en cuerpo presente, hay que estar allí para poder experimentarlas en su totalidad. Aunque muchos puertorriqueños no las lleguen a conocer, allí están, las hemos visto aquellos a quienes nos interesan. Estas piezas revelan una especie de coexistencia de dos Puerto Ricos: uno tangible, compuesto por personas de carne y hueso, con una historia que se puede corroborar, y otro que parece ser una silueta política que es y no es, dependiendo del contexto y de la conveniencia de terceros.

Tari Beroszi, El pacto, 2019.

Si bien Beroszi no es la primera artista en atender los temas políticos de Puerto Rico, ciertamente ha venido a actualizar la cuestión tras verse en la necesidad de explicar y hasta de justificar su identidad en el extranjero. La identidad puertorriqueña ha sido el tema más trabajado en el arte de nuestra Isla, tanto así que lo más cercano que tenemos a una Historia del Arte impresa se titula Puerto Rico: Arte e Identidad (1998). Sin embargo, las generaciones más recientes, entre las que se encuentra Beroszi, distan mucho de la melancolía de pintores decimonónicos como Ramón Frade (1875-1954), quien afirmó en una carta, según Torres Martinó, que pintaba lo puertorriqueño para preservarlo, pues entendía que se lo estaba llevando el viento. Este parece ser un tema ya superado por los artistas contemporáneos de Puerto Rico, quienes se centran otros asuntos, a menudo políticos y sociales, que nos aquejan. En este caso, Beroszi aborda particularmente la política externa.

La artista comenzó su discurso de apertura de la exposición diciendo “soy puertorriqueña”, sin más, y de inmediato pasó a hablar de nuestra falta de representación diplomática en el mundo. Sin lugar a dudas, Antonio S. Pedreira se equivocó en su libro Insularismo (1934), en el que explica que el alma puertorriqueña (nuestra identidad) estaba averiada por el proceso de transculturación estadounidense. Este hecho viene a colación porque de este discurso parte una buena porción del análisis de la producción artística en el Puerto Rico del siglo XX. Más de ciento veinte años después de la invasión, aún hablamos español, conservamos un acervo gastronómico autóctono, tenemos delegación nacional en eventos deportivos, músicos tocando en los escenarios más importantes del mundo, actores pertenecientes a las más grandes escenas del cine y el teatro a nivel internacional, y artistas visuales en bienales y ferias de arte a lo largo de todo el planeta. De hecho, la idea que se concretó en la exhibición La isla invisible se le presentó a la artista, precisamente, a partir de esos intercambios culturales que ha tenido con diferentes personas en sus viajes por Europa, Asia, América Latina y los Estados Unidos. Si Puerto Rico no cuenta con consulados, embajadas o representación diplomática alguna, sí cuenta con un contingente de personas sobresalientes que, por cuenta propia y mayormente sin auspicio del Gobierno, “han puesto en la China” lo puertorriqueño. Y ante la ambigüedad política, el arte ha venido a concretar y a exportar la nacionalidad puertorriqueña. Tanto así que existe una galería llamada Embajada y artistas, autodenominados nuyoricans, como Adál Maldonado, han creado todo un andamiaje ficticio que incluye un pasaporte y otros documentos de El Spirit Republic de Puerto Rico (1994).

Indiscutiblemente, la política ha estado presente en el arte de Puerto Rico, de un modo u otro, desde tiempos de José Campeche (1751-1809), quien retrataba políticos y escenas históricas, y también politizaba circunstancialmente el paisaje. Sin embargo, este es un tema que se entendía en conflicto con la abstracción. Irónicamente, el discurso contra este tipo de arte que se enarboló durante décadas en la isla se basaba, precisamente, en la supuesta incapacidad que tenía ese lenguaje plástico para inspirar el acopio de las fuerzas necesarias para defender la patria. En esta muestra, con toda naturalidad, es la abstracción la que hace política la obra de Beroszi; son los elementos no figurativos los que generan el discurso en conjunto con otras estrategias empleadas. Este es un debate dejado atrás en un Puerto Rico globalizado, donde las estrategias artísticas son muy diversas. No obstante, aún hoy salta a la vista que una artista decida que la más adecuada para expresar un tema político es la expresión artística que se rechazó colectivamente por no creerse capaz de lograr este cometido. A esto debe añadirse que, durante siglos, el paisaje se consideró un género menor en Puerto Rico. Casi siempre atado a otras narrativas (la escena histórica, la hacienda, la lavandera, entre otras), ha sido protagonista de muy pocas exhibiciones. Por lo tanto, en conjunto con uno de los medios artísticos menos estudiados en la plástica puertorriqueña –la fotografía– hace de La isla invisible una especie de reclamo creativo, que nos propone una especie de extensión, un panorama inexplorado en el discurso oficial de la historia del arte nacional.

Tari Beroszi, 1 de marzo de 1954, 2019.

Casi antes de terminar su discurso en la inauguración de la exhibición, el pasado 29 de enero, Beroszi hizo referencia a las palabras del exgobernador de Puerto Rico Carlos Romero Barceló (en el contexto de las protestas del verano de 2019), cuando este señaló que Puerto Rico no es un país, a lo que Beroszi respondió enérgicamente: “yo digo que sí lo es”. Aquel enunciado, de quien fuera el primer mandatario de la Isla, se hace eco de las expresiones del publicista Edwin Miranda en el chat de Telegram que desató la furia de los puertorriqueños: “I saw the future. It is wonderful. There are no Puerto Ricans”. En detrimento de aquellos que trabajan por la desintegración de Puerto Rico, la historia nos ha demostrado que la situación política de un pueblo no necesariamente es un factor que lo constituya. Como ejemplo: Israel –más allá de las obvias diferencias con la isla. Diseminados por el mundo durante siglos y en contra de la voluntad de extinguirles, tras la Segunda Guerra Mundial, se logra establecer como un Estado de derecho. Entonces, ¿quién decide si Puerto Rico es o no un país? Después de todo, tenemos una Constitución (con sus virtudes y defectos) que nos declara como tal, y que es un documento legal con el cual no cuenta la Ciudad del Vaticano, y aun así se considera un país. Sin embargo, más importante que cualquier papel es el sentir de la frase que se ha popularizado gracias a la acción ciudadana que busca reconstruir el país sin esperar las ayudas gubernamentales: “nos tenemos”. Puerto Rico existe, porque Tari Beroszi lo ha fotografiado y porque yo aquí doy cuenta de ello.

La exhibición fotográfica La isla invisible de Tari Beroszi se encuentra abierta de lunes a viernes en la Sala FAR, edificio de la Fundación Ángel Ramos en la Ave. Roosvelt #383. Para más información info@farpr.org / 787-763-3530.

 

 

 

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